Yolao


16,00 € (IVA incluído)

ISBN : 978-84-126410-4-2

Yolao

Antología de la amistad

Edward Carpenter

 

Colección Cálamo, 3
Traducción de José Luis Piquero
186 páginas

 

Edward Carpenter subtituló su libro «Antología de la amistad», aunque más que la amistad era propiamente el amor entre hombres lo que le interesaba. Pero en 1908 no podía escribir de otro modo. Encontramos aquí desde la historia bíblica de David y Jonatán hasta su admirado mentor Walt Whitman, pasando por Platón, Virgilio, Montaigne, Miguel Ángel, Shakespeare, Lord Byron, Melville o muestras de la literatura árabe o persa.

 

Edward Carpenter (1844-1929) fue ensayista, filósofo y activista político. Nacido en Surrey, Inglaterra, sus ideas estuvieron influidas por el socialismo anarquista. Fue uno de los primeros activistas en favor de los derechos homosexuales. Retirado en su casa en medio de la naturaleza, realizó también campañas contra la contaminación ambiental, la vivisección de animales y en favor del vegetarianismo y el nudismo. Tuvo una larga y feliz relación con Charles Merril, que a E. M. Forster le sugirió su novela Maurice. Fue autor de libros tales como Días con Walt Whitman (1906), El sexo intermedio (1908), ambas traducidas al castellano, y Yolao. Una antología de la amistad (1908).

 

“Edward era hermoso entonces y lo es ahora [...]. No es muy conocido ni del todo bienvenido en la Inglaterra convencional: la época no cambia y, aunque es propicia para algunas cosas, no lo es para él, para los de su especie, para nosotros, para la rebeldía humana” (Walt Whitman).


“En su forma original, que casi conserva hoy, Maurice data de 1913. Fue el resultado directo de una visita a Edward Carpenter en Milthorpe [...]. Carpenter era un rebelde muy de su época. Era emotivo y un poco ritual, pues había comenzado su vida como clérigo. Era un socialista que ignoraba el industrialismo, un partidario de la vida sencilla, con unos ingresos independientes, un poeta whitmaniano de más nobleza que vigor y, finalmente, un creyente en el amor de los camaradas, a los que a veces llamaba uranianos. Fue este último aspecto de él el que me atrajo en mi soledad [...]. Debió ser en mi segunda o tercera visita al santuario cuando ardió la chispa, y él y su camarada George Merrill se las arreglaron para producirme una profunda impresión y para despertar en mí una fibra creadora [...].Volví entonces a Harrogate e inmediatamente comencé a escribir Maurice” (E. M. Forster).

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